Fiestas en casa, discos de vinilo, paseos por el parque y bailes para los que había que pedir permiso. Un viaje a esas costumbres que todavía ponen a conversar a varias generaciones.
Hay preguntas que pueden encender una conversación familiar más rápido que cualquier noticia: “¿Y ustedes cómo se divertían antes?”. Siempre aparece alguien que sonríe, se acomoda en la silla y empieza con una frase que promete: “¡Si tú hubieras visto…!”.
Entonces salen los recuerdos. Los zapatos que se estrenaban para ir a bailar, la canción que acercó a dos personas y aquella fiesta que, tantos años después, todavía tiene nombre propio.
Porque el Panamá de antes también sabía organizar su buena salida. Y entre una sala convertida en pista, una orquesta en vivo y un paseo para escuchar música en el parque, había muchas maneras de encontrarse. Eso sí: algunas venían con acompañante, permiso y supervisión incluidos.
Naitafón: el nombre ya anunciaba el plan
Si alguna vez escuchaste “naitafón” y pensaste que sonaba a inglés con sazón panameña, ibas bien encaminado. Las crónicas consultadas vinculan el término con night and fun y lo recuerdan como una fiesta de barrio, especialmente asociada con las décadas de 1960 y 1970 y con sectores de influencia afrocaribeña de la capital.
Pero no hacía falta un gran salón para pasarla bien. Según los recuerdos recogidos por la prensa, estas fiestas podían celebrarse en casas, con iluminación tenue, entrada pagada y música de combos nacionales o canciones suaves. El espacio podía ser pequeño; las ganas de bailar, no. De allí que el músico Yigo Sugasti las relacione con la popularización de aquello de“bailar en un solo mosaico”.
Toda una lección de aprovechamiento del espacio: si había un mosaico disponible, todavía cabía una historia.
Un relato de memoria barrial publicado por La Cabanga sitúa uno de estos encuentros en una azotea de El Marañón, a principios de los setenta. Allí, preparar la fiesta implicaba resolver la iluminación, conseguir los discos y organizar la venta de refrescos y comida. El saus, las salchichitas y la ensalada de papa también tenían su lugar en la celebración. Porque bailar era importante, pero recuperar energías tampoco se podía dejar a la suerte.
Cuando la música se escogía disco por disco
Hoy basta con buscar una canción y tocar la pantalla. En aquel naitafón recordado por La Cabanga, la selección musical dependía de discos de vinilo y de un tocadiscos con un mecanismo que permitía apilar sencillos de 45 revoluciones para que fueran cayendo uno a uno. Una maravilla… siempre que el aparato cooperara. El mismo relato recuerda que, a veces, caían varios discos juntos y se desordenaba la programación.
Así que quien se encargaba de la música no solo necesitaba buen gusto. También le tocaba estar pendiente de que la tecnología de la noche no decidiera hacer su propio espectáculo.
Detrás de esa escena hay algo que sigue siendo muy reconocible: en toda reunión aparece alguien que sabe exactamente qué canción poner. Y alguien más que, apenas escucha los primeros segundos, dice: “¡Esa es la mía!”.
Para bailar había que pedir permiso… y no solo en casa
Los salones de baile también ocuparon un lugar importante en la vida social panameña. En una entrevista con Metro Libre, el artista e historiador musical Pete Romero situó su época dorada entre los años cuarenta y setenta y recordó espacios amplios, luces encendidas y asistentes que llegaban con sus mejores galas.
En su relato, muchas jóvenes acudían acompañadas de sus madres, tías o hermanos mayores. Quien quisiera invitarlas a bailar debía pedir permiso. Es decir, antes de demostrar que tenía ritmo, tocaba demostrar que tenía modales.
Entre los lugares que evocó están el Salón Orquídea, en La Chorrera, y el Salón Elke, sobre el Teatro Encanto, en Calidonia. También recordó la guaracha y el bolero como parte de aquellas noches.
Podemos imaginar la presión del momento: zapatos bien puestos, saludo correcto y la esperanza de que, al llegar a la pista, los pies no traicionaran tanta preparación.
El parque también tenía su banda sonora
No todos los planes requerían una pista de baile. Las retretas, conciertos al aire libre ofrecidos por bandas, convertían los parques y las plazas en puntos de encuentro para escuchar música y compartir en familia. Las crónicas recuerdan especialmente las celebradas en el Parque de Santa Ana y la Plaza de la Catedral.
La música era el motivo de la salida, pero no siempre el único atractivo. Un testimonio publicado en Crítica recuerda a jóvenes que caminaban en sentidos contrarios y cruzaban miradas al encontrarse. El autor incluso atribuye a aquellas retretas el comienzo de más de un matrimonio.
Nada de deslizar una pantalla: aquí tocaba dar otra vuelta por el parque y confiar en que la próxima coincidencia no fuera tan casual.
Carnavales con orquesta, serpentina y hasta perfume
Y si hablamos de fiestas, el Carnaval merece su propio espacio en el álbum. En los recuerdos del director de orquesta Raúl Ortíz, recogidos por La Estrella de Panamá, los toldos reunían a parejas que bailaban merengue, salsa, bolero y chachachá. La orquesta marcaba el rumbo musical, mientras afuera caían serpentinas desde los balcones y el agua podía llegar perfumada o teñida con añil.
La cantante Esthercita Nieto también ha recordado una curiosa costumbre carnavalesca: los huevos “botonados”, que se vaciaban y rellenaban con agua y perfume. Según su testimonio, se utilizaban como parte del juego y el cortejo durante las fiestas.
Sí, perfume. En esta parte de la historia, salir bien arreglado no garantizaba regresar exactamente igual.
Son recuerdos de distintas personas y épocas, no una única manera de celebrar en todo el país. Pero juntos muestran cuánto podían mezclarse la música, el encuentro y la picardía en aquellas fiestas.
Cambia la fiesta, quedan las ganas de encontrarnos
No hace falta decir que todo tiempo pasado fue mejor para disfrutar estas historias. Cada generación tiene sus canciones, sus lugares y esa salida que todavía recuerda con lujo de detalles.
Lo bonito de mirar atrás es descubrir que, aunque cambien los aparatos, los horarios y las formas de invitar, seguimos buscando algo parecido: una buena canción, gente querida y una excusa para compartir.
Quizás por eso basta mencionar un naitafón, una retreta o un baile de antes para que alguien vuelva a escuchar, por un instante, la música de su juventud.
Y en tu familia, ¿quién tiene la mejor historia de aquellas fiestas? Cuéntanos en las redes de Estéreo Azul: queremos saber dónde se armaba el baile y qué canción no podía faltar.
